Barricadas / Mateo de Urquiza

05.01.2024

Por Mateo de Urquiza*


Porque el espacio público ya no es el espacio público. O al menos no lo es a priori. La ultraderecha avanzó sobre ese territorio hasta colmarlo, hasta no dejar espacio para disputarlo. Quizás nuestro error fue dar por sentado que hay un consenso en lo que respecta a esa publicidad; quizás convenga discutir aquello que precede (no temporal, sino ontológicamente) lo público.

La llamada telefónica podría haber durado horas y horas, tratando de entender la más ominosa noticia que sabíamos que llegaría y que, en efecto, había llegado. Mamá estaba tomada por la angustia, y yo también. Habíamos llegado a dos o tres conclusiones, al menos en lo que respecta a nuestras vidas privadas y privatizadas. Uno: reírse a carcajadas de la estupidez; dos: no importa si el pueblo se equivoca o no; lo importante es otra cosa; tres: qué difícil será poner el cuerpo.

Me dijo que mi hermana había sido categórica: "no sé si estoy dispuesta a dar un ojo por defender derechos". La contundencia de esta postura me dejó pasmado. La asociación entre militancia y cuerpo es casi una asociación natural. Salir a la calle no solo es una cuestión política: es una cuestión coreográfica. Lepecki expone muy bien esta simbiosis cuando habla de coreopolicías y coreopolíticas. El cuerpo es la célula fundamental de cualquier posible devenir de lo político. Es el primer paso, el arcón, la tinta de una escritura siempre por venir. 

Salir a la calle no solo es una cuestión
política: es una cuestión coreográfica.

Pero creo que las circunstancias ponen en aprietos también nuestro concepto del "cuerpo". No porque se deba reconfigurar la concepción de su esencia (¿qué es un cuerpo?, pregunta que, al fin y al cabo, no nos llevaría demasiado lejos) sino, quizás, o más bien, sus activaciones y desactivaciones. Si el cuerpo solía ser el origen de una nueva distribución de lo común, lo era porque había aprendido a desplegarse, precisamente, en ese espacio de lo común. Se organizaba en concentraciones, en alianza con otros cuerpos, en la toma de un espacio público y en el desborde de una energía que proviene del hartazgo, de una inconformidad, de una vida invivible y completamente angustiosa que convierte el cuerpo en un catalizador de la palabra, en un traductor de la palabra al grito. Pero ese cuerpo acaba de ser puesto en crisis. La larga reclusión de ese cuerpo angustiado que implicó la pandemia de COVID-19 fue también testigo de la salida al espacio común de otros cuerpos, rebelándose no solo contra las medidas de los estados para garantizar un cuidado del otro, sino también en contra del carácter público de ese espacio común. (Es tan compleja la lógica de la nueva libertad, que deberemos habituarnos a estos enunciados contradictorios presentados como silogismos.) Los momentos coreopolíticos eran cedidos a una serie de discursos privatistas, negacionistas y de odio encarnados en un cuerpo rebelde y presuntamente joven. 

La política, en cuanto toma de la palabra por parte del cuerpo minorizado y enmudecido, en cuanto ocupación del espacio en el ágora de lo sensible, en cuanto toma del espacio público, había perdido su potencia, entregada silenciosamente al odio de la impolítica. 

De esta derrota se pueden sacar algunas lecciones. Me gustaría arriesgar algunas: en primer lugar, la reconfiguración del espacio público nos obliga a pensar cautelosamente nuevas estrategias para la batalla. Porque el espacio público ya no es el espacio público. O al menos no lo es a priori. La ultraderecha avanzó sobre ese territorio hasta colmarlo, hasta no dejar espacio para disputarlo. Quizás nuestro error fue dar por sentado que hay un consenso en lo que respecta a esa publicidad; quizás convenga discutir aquello que precede (no temporal, sino ontológicamente) lo público.

Así como la polis no es un espacio apriorístico, el error tibio del impugnador y el error estuoso del que votó esperando que su candidato no hiciere lo que sin dudas hará consisten en lo mismo: dar por sentado el cuerpo. Se asume que, en caso de insatisfacción, se saldrá a la calle a poner el cuerpo. Pero la pérdida de estas elecciones implica también la pérdida del espacio público y la pérdida del cuerpo. Hablo de los consensos que creíamos tener en torno a uno y otros conceptos. El espacio público ya no es el espacio público y el cuerpo no es garantía de nada. No contamos con él, porque no contamos con un espacio que garantice su integridad. El espacio público pone en peligro al cuerpo, en cuanto agente de producción de lo político. Hablamos de un cuerpo sometido al cautiverio de la Pandemia, de la impotencia de las dirigencias progresistas post-macristas y, lo que es más grave, del presumible performativo que convierte al cuerpo organizado en un cuerpo teratológico. 

De modo que la discusión no se limita a lo público, sino también al estatuto político del cuerpo. Seremos testigos de un cuerpo impotente, al menos en la disputa por el espacio público, ocupado por las viejas derechas que, por lo demás, comprendieron, organizaron y desplegaron una corporalidad propia capaz de seducir a aquellas vidas sometidas a su propia lógica. 

El enfrentamiento a esa coreopolicía es, en primera instancia, un gesto tan temerario como impolítico. Una fuerza gandhiana cuya eficiencia es, cuanto menos, dudosa. Conmover a las instituciones (atravesadas por un odio que, desde mañana, ni siquiera tendrán el decoro de disimular) no tiene sentido ni potencial político: no hay nada que conmueva menos a la derecha que nuestros cuerpos. Todo lo contrario: está agazapada, a la espera de que caigamos en la trampa que quiere tendernos para poder exterminar cuerpos. 

Nicotina es primavera tituló uno de sus discos con una imagen hermosa y triste: Perder planetas. La pérdida del espacio público, ese talismán que nutre de energía a la política tanto institucional como afectiva, es la pérdida de un planeta. Perder un ojo, tal como augura mi hermana, implicaría una pérdida similar. 

La privación del espacio público, ya habrá quedado claro, tiene como corolario inmediato la privatización de nuestras vidas. Para la nueva fuerza que se ejercerá sobre nuestros cuerpos, esto es un buen signo. Para nosotrxs, desde siempre, no sólo es un mal augurio, sino también la demostración de que a esa fuerza poco le importa un concepto fundamental: el concepto de democracia. 

Perder planetas. La imagen es espeluznante. Estamos en la antesala de lo que podría ser la pérdida de un sistema solar: la democracia. El tristemente célebre teorema de Arrow condensó lo suficiente este peligro hasta convertirse en un agujero negro. 


Es momento de armar nuestras nuevas barricadas: imaginar instituciones nuevas (privadas pero abiertas a lo común), cuerpos nuevos (replegados tácticamente en la discusión política), que den lugar a lo que algunxs llaman infrapolítica: vandalismo, atentados contra la mirada acostumbrada, contra la naturalización de la vida nuda que se nos viene, destellos de ideas clandestinizadas.

Pero la extinción de estos planetas (el espacio público, el cuerpo político, el complejo sistema solar de la democracia) no es algo que esté por pasar. Es una extinción que estuvo siempre. El ágora de lo político, el cuerpo, la democracia son objetos extremadamente frágiles: su extinción está anunciada desde siempre porque también lo está su mera posibilidad, su construcción. De modo que nuestra tarea es no solo cuidar estos objetos, sino también esa misma fragilidad, que es la que los hace posibles.

La norma dicta que el cuerpo debe replegarse en el ámbito de lo privado y, al mismo tiempo, nos tiende la trampa de participar del espacio público asumiendo el enorme riesgo de seguir perdiendo planetas. Pero no cuenta con la potencia del cuerpo político que puede trazarse en aquello que idolatra: los cuerpos deberán ser capaces de asumir la lucha política también en la propiedad privada. 

Creo que es momento de rediscutir qué es lo común. Espósito sostiene que una comunidad está determinada por el munus: un deber, una obligación, algo que debemos darle al grupo del que somos parte porque no nos pertenece. Pero ese dar es también un don-ar. Un don que no puede no darse. Un don que ofrecemos porque ésa es nuestra obligación, y porque ese don no nos pertenece ni nos perteneció nunca: es una impropiedad. Dar algo que no se puede no dar porque no es nuestro: un prodigio. Si la discusión sobre lo público está perdida, al menos de forma provisoria, es momento de discutir lo común, pero también de habitar lo común. Es momento de discutir lo común en espacios comunes: centros culturales, bibliotecas, librerías, universidades, teatros, bares, casas. Puesto que la pugna política fue expatriada de su entorno natural -el espacio público-, deberá ingresar en el espacio de lo privado y puesto a disposición del cuerpo "consumidor", tal como lo comprende esta nueva hegemonía. Convertir esos espacios privados (pero comunes) en agujeros blancos: espacios delicados, clandestinos, que producen mundos. 


Es momento de discutir lo común en espacios comunes: centros culturales, bibliotecas, librerías, universidades, teatros, bares, casas. Puesto que la pugna política fue expatriada de su entorno natural -el espacio público- (...) Convertir esos espacios privados (pero comunes) en agujeros blancos: espacios delicados, clandestinos, que producen mundos.

El conservadurismo se hizo dueño indiscutible no solo de la macropolítica y sus instituciones sino también de la micropolítica y sus cuerpos y afectos. Es momento de armar nuestras nuevas barricadas: imaginar instituciones nuevas (privadas pero abiertas a lo común), cuerpos nuevos (replegados tácticamente en la discusión política), que den lugar a lo que algunxs llaman infrapolítica: vandalismo, atentados contra la mirada acostumbrada, contra la naturalización de la vida nuda que se nos viene, destellos de ideas clandestinizadas. El arte, sobre todo lo que me atrevo a llamar arte público conceptual, sabe mucho de esto. Porque el arte inaugura futuros, y la democracia está siempre por venir.





*Sobre el autor: Mateo de Urquiza nació en Jujuy en 1992. Es actor, director y dramaturgo. Su investigación está centrada en el cruce entre estética y política, entre teoría y práctica, en la producción de artefactos escénicos anfibios concebidos como un territorio común para lenguajes y tropos disímiles. Colaboró con artistas como Emilio García Wehbi, Maricel Álvarez, Marcelo Lombardero, Mariana Tellería y Santiago Sierra. Sus trabajos fueron exhibidos en diversos espacios, ciclos, festivales y bienales. Se destacan: Lingua ignota (2023), Ícaro (2022), Acerico (2021), Centers Live (2020), Purgatorio, Céline no está solo (2018), Manual del buen performer (2017) y Tito Andrónico quiere decir HABEAS CORPUS (2015).

Fue curador del ciclo de activaciones Caminar las ruinas, en el marco de la muestra Insistencias de lo político en la escena teatral (1976-2022), organizada por el Grupo de estudios sobre Teatro contemporáneo, política y sociedad en América Latina (IIGG, FSOC-UBA) en el Centro Cultural Paco Urondo (2022).


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